Los
logros en materia de diseño son quizá la característica más sobresaliente de
nuestra época. Moléculas y materia son combinadas para formar diseños sumamente
originales y útiles. Se proyectan líneas de producción robotizadas para
fabricar vehículos en serie, eficiente y rápidamente. Medicamentos y refinados
métodos de diagnóstico han transformado la medicina. El logro más sorprendente
en materia de diseño es el de los microchips de silicio, que han facilitado la
comunicación global.
Es una
ironía que mientras la tecnología obra maravillas como fruto de este auge del
diseño inteligente, muchas personas influenciadas por los biólogos
evolucionistas están convencidas de que no hubo un diseño inteligente en el
origen de las complejas estructuras del mundo biológico y natural. Aun cuando
las células han sido reiteradamente descriptas como fábricas en miniatura,
estas personas sostienen que su existencia no se debe a un proyecto
inteligente. Es bien sabido que el ácido desoxirribonucleico (ADN) consiste en
un código con una maquinaria molecular de réplica, pero ellos pretenden que no
hizo falta ningún criptógrafo. El cerebro, habitualmente descrito como una
computadora, supuestamente habría surgido sin que estuvieran involucrados ni
programadores ni ingenieros.
Esta
sucesión de rápidos cambios en el plano material nos han acostumbrado a
convivir con eventos inexplicables o aparentemente ilógicos. Lewis Carroll
resumió correctamente la vida moderna de esta forma: “A veces ya antes de
desayunar he creído seis cosas contradictorias”.1
Sin embargo, era de esperar que la paradoja resultante de la divergencia
filosófica entre la tecnología basada en el diseño y la biología evolucionista
produjera un despertar del razonamiento de mentes analíticas.
Diseño
inteligente: ¿el fantasma olvidado de la ópera cósmica?
Los
desafíos a la evolución han surgido repetidas veces y finalmente fueron puestos
sobre el tapete a comienzos de 1990 por Phillip Johnson, profesor de derecho en
la Universidad de California en Berkeley. En su análisis incisivo sobre los
orígenes de la vida presentó argumentos bastante convincentes de que la teoría
evolucionista darwiniana no tiene respaldo en evidencias paleontológicas ni en
datos empíricos de la biología.2 El argumento
central de Johnson es que el edificio darwiniano está fundamentado en los supuestos materialistas del naturalismo filosófico.3
Los científicos que estudian los orígenes insisten en que se puede aceptar
únicamente el azar y las leyes de la naturaleza para explicar el surgimiento de
la vida. Cualquier interpretación que se aparte de este estrecho margen es
automáticamente rechazada como no científica, o bien se la señala como
supersticiosa.
El
desafío se intensificó con la publicación del libro La caja negra de Darwin4
del bioquímico de la Universidad de Lehigh (Pensilvania, EE.UU.), Michael Behe.
Sistemas biológicos como la cadena de reacciones de la visión, los cilios
celulares y los flagelos bacterianos requieren gran complejidad y coordinación
molecular. Behe demostró que tales “máquinas moleculares” poseen una
“complejidad irreducible”. Rastreó la literatura en busca de escenarios
evolutivos que explicasen su origen, pero sólo encontró muy pocos ejemplos y,
además, totalmente inadecuados. Entonces declaró que estos mecanismos biológicos
son evidencias poderosas de un diseño inteligente en la biología.
¿Es
posible determinar si algo realmente fue diseñado o si meramente parece
diseñado? El matemático y filósofo William Dembski señala que detectar si algo
ha sido diseñado es una actividad científica bien establecida en áreas tales
como la ciencia forense, la arqueología y la criptología. Los métodos empleados
para discernir entre una actividad criminal y una accidental, o para
diferenciar artefactos de objetos naturales y para decodificar mensajes
deberían poderse aplicar también a las estructuras biológicas y a los
acontecimientos naturales.
El
criterio objetivo de Dembski para identificar el diseño genuino y diferenciarlo
de los efectos de causas naturales se denomina “complejidad específica”.5 Cuando se aplica a ciertos fenómenos biológicos
complejos, el criterio coincide muy bien con la conclusión de Behe de que sus
orígenes implican un diseño inteligente.6
El
movimiento de DI que tuvo origen a partir de estas consideraciones está despertando
interés alrededor del mundo. Las ideas acerca del DI están siendo diseminadas
por el Centro de Ciencia y Cultura del Discovery Institute.7 La gran repercusión en los medios acerca de un
juicio relacionado al DI en la corte de Pensilvania y el documental televisivo
de la BBC acerca del DI en el Reino Unido han logrado que este tema llegue al
público general.8
Críticas
corrosivas al diseño inteligente
Como
era de prever, los científicos de disciplinas evolucionistas se han opuesto
rotundamente al DI y la vieja escuela materialista rechaza estas ideas usando
todos los medios a su alcance. Dos ejemplos: desde la Universidad de Oxford el
profesor de química Peter Atkins criticó duramente el libro de Behe en una
publicación9 y lo mismo sucedió en un artículo
aparecido en Guardian, escrito por
los evolucionistas Richard Dawkins y Jerry Coyne.10
La crítica corrosiva no es usual entre los científicos serios, por lo tanto el
hecho de que en este caso sí esté ocurriendo revela que hay una motivación
ideológica muy poderosa. Muchos evolucionistas son miembros militantes de
organizaciones ateas y/o humanistas. Tal es el caso de Dawkins, quien expuso
claramente su compromiso emocional con el ateísmo en una serie televisiva
acerca de la religión, a la que calificó “la raíz de toda la maldad”.
¿Es el
Diseño Inteligente una conspiración religiosa?
Es
cierto que ha habido ciertas críticas coherentes del DI. Algunas fueron
presentadas por Dawkins y Coyne en su artículo del Guardian en el que dicen: “No hay nada de nuevo acerca
del DI. Es simple creacionismo camuflado bajo un nuevo nombre”. Otros sugieren
que el DI es una forma de “conspiración religiosa”. Los propulsores del DI, por
su parte, sostienen que es una búsqueda científica que investiga el efecto de
causas inteligentes. Para Dembski, el propósito del DI es “rehabilitar el
diseño como una forma de explicación científica”. Meyer escribió: “La pregunta
que hay que plantearse respecto al origen de la vida no es qué escenario
materialista parece más adecuado sino qué fue lo que produjo el surgimiento de
la vida en la tierra”.11 El criterio de
complejidad específica, utilizado para decidir si algo ha sido diseñado, no
hace referencia a libros sagrados y es independiente de cualquier autoridad
religiosa. Las connotaciones religiosas son inevitables para cualquier intento
de indagar acerca de los orígenes. A cada acusación de “agenda religiosa” que
se lanza contra la ciencia del DI es posible responder con una cantidad similar
de hipótesis que podrían atribuirse a una “agenda ateísta”. Las explicaciones
evolucionistas acerca de los orígenes, perdidas en las brumas del precámbrico e
imposibles de explicar, también reflejan los anhelos humanistas, sin proveer
las evidencias necesarias. Quienes buscan la verdad deberían ignorar tales
argumentos y evaluar cuidadosamente las evidencias que presentan ambos bandos.
Al
comienzo de su artículo, Dawkins y Coyne dicen: “¿Por qué estamos seguros que
el DI no es una teoría científica sólida, digna de una evaluación equilibrada?
¿No es meramente nuestra opinión personal? Por el contrario, es una opinión
compartida por la vasta mayoría de los biólogos profesionales”. “Si el DI fuese
realmente una teoría científica, las evidencias a su favor, acumuladas mediante
investigaciones, estarían siendo divulgadas por revistas científicas que
provienen de revisiones críticas por los pares. Sin embargo, eso no está
sucediendo y no es porque los editores se nieguen a publicar investigaciones de
DI. Sin embargo, para los naturalistas materialistas la “verdadera ciencia”
sólo admite como causas válidas el azar y la necesidad. Dawkins y sus colegas
evolucionistas automáticamente descartan el DI por razones ideológicas y
consideran al análisis de la evidencia como una pérdida de tiempo. Muchos
biólogos profesionales trabajan en institutos de “Biología evolucionista” o
alguna variante de este nombre. Los fondos que financian las investigaciones,
los salarios, las carreras, la reputación profesional de todos estos
científicos dependen de su adhesión a la teoría de la evolución. En estas
circunstancias, la objetividad en cuestiones relacionadas a los orígenes no es
una opción. La opinión de la mayoría científica es un parámetro muy inseguro
para determinar la validez del DI.
No
sorprende que el DI no reciba eco en las principales publicaciones científicas
ya que, contrariamente a la afirmación de Dawkins y Coyne, los editores siempre
se rehúsan a publicar artículos sobre el tema. Cuando el Dr. Richard Sternberg,
editor de los Proceedings of the Biological
Society of Washington, publicó un único artículo del científico
Stephen Meyer, formado en la Universidad de Cambridge y que sostenía las ideas
del DI, inmediatamente se convirtió en blanco de una campaña para ridiculizarlo
e intimidarlo. “Decían que me dejé sobornar con dinero, que era un sacerdote
camuflado, que era un infiltrado enviado por los creacionistas”, dice
Sternberg. Incluso le aconsejaron no asistir a un encuentro de una sociedad
biológica, porque los ánimos estaban tan acalorados que no se podría asegurar
que habría orden si él estaba presente. La Oficina de Consejo Especial de los
Estados Unidos examinó el intercambio de email que salía del Smithsonian
Institute, donde Sternberg trabajaba, e informó que “la revancha se efectuó de
diversas maneras.... Se difundieron calumnias [contra Sternberg] a través del
Smithsonian y hacia otros individuos. Posteriormente se descubrió que las
acusaciones en su contra eran falsas”.12 Los
editores y revisores son muy conscientes de la intimidación que van a tener que
enfrentar, y por eso es comprensible que se abstengan de publicar artículos que
apoyen el DI.
Es irónico que Dawkins denigre al DI porque “sus seguidores evaden el proceso científico normal apelando directamente al público no científico” cuando éste es el método que él adopta. Su principal contribución a la ciencia es una serie de libros dirigida al público general acerca del evolucionismo. Dawkins es sucesor de varios evolucionistas, incluyendo a Charles Darwin, Thomas Huxley y Stephen Gould, que han apelado directamente al público no científico por medio de libros y artículos populares.
Temores
de que el Diseño Inteligente destruya la ciencia
De
acuerdo a Dawkins y Coyne, los proponentes del DI tienen exigencias
irrazonables: “A un bando (los evolucionistas) se le exige presentar evidencias
para cada etapa del proceso. Al otro bando nunca se le exige presentar
evidencia, sino que se lo declara vencedor del debate tan pronto como el primer
bando encuentra una dificultad, es decir, el tipo de dificultades que en el
ámbito de las ciencias se encuentran diariamente y a las cuales se buscan
soluciones”. Por más de un siglo los científicos han estado prometiendo que la
evidencia de laboratorio pronto produciría respuestas convincentes para las
encrucijadas básicas de la evolución tales como el mecanismo cuantitativo
requerido para el cambio evolutivo; cómo se originó la vida; cómo surgieron el
código genético y la nueva información genética; el origen de un solo
estereoisómero en los péptidos; el origen de órganos biológicos complejos como
los ojos, las cilias, los flagelos, etc.; cómo se desarrollaron nuevas especies
biológicas a partir de formas ancestrales y por qué los restos fósiles no
muestran las “innumerables formas de transición” que Darwin esperaba. Los científicos
que apoyan el DI reconocen el gran avance que han hecho los biólogos en
entender cómo han ocurrido cambios pequeños o cómo se producen nuevas
variedades de animales o plantas, es decir, la microevolución. Los
evolucionistas aseguran que los grandes pasos hacia nuevas estructuras
(macroevolución) consisten en la suma de pequeños pasos. Sin embargo, después
de más de un siglo, la evidencia experimental aún no ha sido presentada; los
registros fósiles sacan a luz grandes problemas y se ofrecen únicamente
explicaciones o “escenarios” fantasiosos. Los científicos partidarios del DI
sostienen que llegó el momento de examinar otras explicaciones en las cuales el
diseño sea evaluado a la par de las causas naturales. El ahínco con el cual los
científicos trabajan para resolver problemas relacionados con los orígenes de
la vida podría beneficiarse si se sumase el criterio de DI a su arsenal de
herramientas científicas.
Los
críticos arguyen que la ciencia del DI se apoya en milagros y temen que esto
pueda dañar el espíritu indagador de la ciencia. Las experiencias del pasado
demuestran que no hay necesidad de preocuparse por esto. La mayor parte de la
labor científica continuaría exactamente como en el presente. En la
investigación del origen de organelas biológicas complejas (y sistemas
complicados en otras partes del universo), el filtro de complejidad específica
sería usado conjuntamente con otras herramientas científicas para entender los
organismos vivos, incluyendo los seres humanos. En vez de reprimir la búsqueda
científica, la existencia de diseño en el universo abre nuevos horizontes para
que los fenómenos sean comprensibles. Si se llega a la conclusión de que un
diseñador inteligente (o Dios mismo) planificó un organismo, esto permitirá
comprender y utilizar ventajosamente ese concepto.
La
existencia de diseño en la naturaleza no implica que constantemente ocurran
milagros que intervendrían de manera arbitraria, transgrediendo leyes
naturales. Al diseñar una máquina compleja usando la inteligencia humana, no se
contravienen las leyes naturales sino que se las utiliza. La creación de una
computadora, por ejemplo, demanda que se ordene la materia de una forma
determinada y se la dote de información para así crear un objeto muy complejo
que tendría poca probabilidad de surgir por casualidad.13
La evidencia de diseño en la naturaleza puede comprenderse de la misma forma en
que se entienden los instrumentos diseñados por el hombre. Las convicciones
religiosas no impidieron que científicos de primera línea como Isaac Newton,
Louis Pasteur o James Clerk Maxwell hiciesen importantes descubrimientos;
tampoco se interponen a los descubrimientos de muchos científicos creyentes
modernos. Más bien, estas creencias refuerzan la idea de que los fenómenos
naturales son comprensibles e impulsan proyectos permitiendo su utilización.
¿El
Diseño Inteligente es innecesario y ha sido refutado?
Los
críticos sostienen que no hay necesidad de que la ciencia se dedique a estudiar
el DI porque, como Dawkins declaró en un documental de la BBC,8 “la evolución
explica el 99% de lo que sabemos acerca de la biología”. Si se consulta casi
cualquier libro de ciencias, es evidente cuán grande es esta exageración,
particularmente en las áreas biológicas donde se discuten fenómenos cuantitativos.
Recientemente Peter Atkins publicó un libro de texto titulado Physical Chemistry for the Life Sciences.14 En esta área de la ciencia encontramos leyes y
principios que sirven de fundamento para la biología. El hecho de que en el
libro no se encuentre ni siquiera una referencia a la evolución evidencia que
ésta es una postura ideológica y no una realidad científica.
Por su
parte, Dawkins y Coyne nos aseguran: “El flagelo de las bacterias no es
demasiado complejo como para haber evolucionado, así como cualquier otra
estructura que haya sido cuidadosamente estudiada. Los biólogos han localizado
una serie de pasos intermedios plausibles, que utilizan ingredientes que se
pueden encontrar en otros sistemas vivos”.10 Estas afirmaciones son simplemente
ilusiones. Tal vez podría localizarse “una serie de pasos intermediarios
plausibles” en un escenario imaginario. ¡La imaginación científica no conoce
límites! Pero el cuadro que pinta la evolución en esta área de la ciencia
carece de ideas concretas y evidencias sustanciales.
El
anuncio de Kenneth Miller del “colapso del concepto de la complejidad
irreducible”15 terminó siendo meras palabras. Su
argumento es que, por ejemplo, aunque no se pueda llegar al flagelo por una vía
darwiniana directa, las proteínas que lo componen pueden haber sido preservadas
por selección natural en sistemas menores que tienen otras funciones. Esta
hipótesis implica que estas proteínas específicas (o algunas muy similares) se
encontrarían esparcidas en otros sistemas bioquímicos que estarían accesibles a
la bacteria. Si este escenario fuese válido, las mismas proteínas se
reconocerían fácilmente en sus localizaciones alternativas y la literatura
científica estaría llena de vías evolucionistas plausibles para el flagelo y
otras maquinarias biológicas. Pero ésta no es la realidad.
Los
obstinados defensores de Darwin
Según
Dawkins y Coyne, “La evolución es un hecho, tan real como las placas tectónicas
o el sistema solar heliocéntrico”. Esta afirmación se ha convertido en el
estribillo de los darwinistas ortodoxos. En diversos contextos, “evolución”
significa simplemente cambio y ¿quién negaría la existencia de cambios en el
mundo natural? Hay mucha evidencia de que la microevolución ocurre. Todos están
de acuerdo en que la evolución del pico de los pájaros pinzones o la aparición
de resistencia entre las bacterias son hechos reales.
Por más
de 100 años la ciencia se ha esforzado por demostrar que el azar unido a las
leyes naturales explican el origen de todo lo que existe. A pesar del enorme y
sostenido esfuerzo, las propuestas evolucionistas para explicar el origen de la
vida, de las estructuras irreductiblemente complejas y del código genético
siguen siendo especulativas y carentes de evidencias concretas.
El
debate en torno al DI no se libra entre hechos científicos y creencias
religiosas. El verdadero enfrentamiento es de tipo ideológico, en el cual los
científicos tratan de mantener la hegemonía intelectual y cultural de la
cosmovisión ateísta. El objetivo primario del movimiento del DI es establecer
el diseño como un factor básico en el mundo natural que, junto con el azar y
las leyes naturales, permite comprender el origen de las estructuras biológicas
complejas. Hay indicios animadores de que una nueva generación, escéptica ante
los estribillos darwinistas, está reconociendo al DI como una propuesta
razonable y bien fundamentada.
John
Walton (D.Sc., Sheffield University; Ph.D., Saint Andrews University) es
profesor de química reactiva en la Saint Andrews University, Reino Unido. Email: jcw@st-and.ac.uk.
REFERENCIAS
1. Esta
es una referencia ligeramente modificada. En realidad Carroll dijo, “A veces he
creído seis cosas imposibles antes de desayunar”.
2.
Phillip E. Johnson, Darwin on
Trial, 2da edición (Downers Grove, Illinois: InterVarsity Press,
1993).
3. El
naturalismo filosófico es la idea de que nada existe más allá de “el mundo
espacio-temporal de entidades físicas que podemos investigar en las ciencias
naturales”. Ver M. J. Wilkins y J. P. Moreland en Jesus Under
Fire (Grand Rapids, Michigan: Zondervan, 1995).
4.
Michael Behe, Darwin’s Black Box
(New York: Free Press, 1996).
5.
William A. Dembski, The Design
Revolution (Downers Grove, Illinois: InterVarsity Press, 2004); The Design Inference: Eliminating Chance
Through Small Probabilities (Cambridge University Press, 1998).
6.
William A. Dembski, editor, Uncommon
Dissent: Intellectuals Who Find Darwinism Unconvincing (Wilmington,
Delaware: ISI Books, 2004).
7. The
Discovery Institute, Center for Science and Culture, Seattle,
http://www.discovery.org/csc/ Ver también la página de internet de Dembski
relacionada al Diseño Inferido: http://www.designinference.com/.
8. Para
un resumen, ver http://www.bbc.co.uk/sn/tvradio/programmes/horizon/index.shtml.
9. Peter
W. Atkins, http://www.infidels.org/library/modern/peter_atkins/behe.html.
10.
Richard Dawkins y Jerry Coyne, “One Side Can Be Wrong”,
www.guardian.co.uk/life/feature/story/0,13026,1559743,00.html.
11.
Stephen C. Meyer en Science and
Evidence for Design in Nature, M. J. Behe, W. A. Dembski y S. C.
Meyer, editores (San Francisco, California: Ignatius Press, 2000), p. 53.
12. Ver
http://www.rsternberg.net/ para leer la crónica del propio Sternberg.
13. Ver
Dembski, The Design Revolution,
c. 24, p. 183 para más detalles.
14. Peter
W. Atkins y J. de Paula, Physical
Chemistry for the Life Sciences (Oxford University Press, 2006).
15.
Kenneth R. Miller, “The Flagellum Unspun” en Debating
Design: from Darwin to DNA, editors W. A. Dembski y M. Ruse, (New
York: Cambridge University Press, 2004). Ver
también: K. R. Miller, http://www.millerandlevine.com/km/evol/design2article.html.


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